En los últimos años existe una cierta paranoia por la búsqueda de la felicidad en la que se han popularizado cuestionables métodos de autoayuda, coaching, reiki y recientemente el mindfulness.

El mindfulness, o atención plena, es la nueva palabra para la meditación, y se basa en técnicas de relajación para mejorar la atención y la capacidad de percibir el cuerpo (que en biología se llama propiocepción y ha sido fundamental en la evolución).

Debido a la gran cantidad de estudios sobre mindfulness se da por hecho que es algo que está científicamente probado pero los metaanálisis concluyen que gran parte de los estudios tienen errores metodológicos (1, 2 ,3, 4, 5), es decir, mala ciencia.

Además, las evidencias son muy variables y tampoco son espectaculares: posibles beneficios frente al déficit de atención, un efecto moderado frente a la ansiedad, la depresión y el dolor pero no mejor que otros tratamientos como fármacos, ejercicios u otras psicoterapias (1) o técnicas de relajación (2), y a nivel fisiológico los efectos sobre el cortisol (“hormona del estrés”) o la presión arterial no son concluyentes. En los estudios de neuroimagen (muchas veces mal utilizados) se ha visto la activación de áreas cerebrales relacionadas con la reducción del estrés pero sin conocerse los mecanismos.

Hay que tener en cuenta que cualquier técnica de relajación (respiración, muscular, musical, lectura, etc) funciona a corto plazo porque ayuda a activar la vía parasimpática de nuestro sistema nervioso autónomo, que es la encargada de calmar después de que se haya activado la vía simpática, asociada a las situaciones a estrés (luchar o escapar en términos evolutivos).

sna

El mindfulness parece ayudar en casos relacionados con el estrés pero no es la solución milagrosa que muchos intentan vender, donde curiosamente han sustituido el contenido religioso y filosófico por mucho marketing, una búsqueda obsesiva de la felicidad y poca autocrítica.

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